“Voy subiendo por un inmenso mapamundi, que está ahí, suspendido en algún lugar del vacío. Me parece ver la perspectiva de todo aquello que se que está en algún lugar detrás del horizonte. Inmensas, África y las Américas, desparramadas por la tierra y delimitando minuciosamente los bordes de mi océano, encuadran mi caminar.
Hacia el Este, mirando hacia allá por donde cada día veo salir el sol, adivino Africa. Solo está a mil kilómetros. La siento, extendida, misteriosa, llena de poesía y dolor. La veo claramente y los nombres que me saltan de la carta toman formas, y colores, que me traen olores exóticos y exaltaciones románticas. Siento África, con su gran Golfo de Guinea protegiéndola por el norte de los falsos mitos que quieren bajar de Europa”.
Hacia el Este, mirando hacia allá por donde cada día veo salir el sol, adivino Africa. Solo está a mil kilómetros. La siento, extendida, misteriosa, llena de poesía y dolor. La veo claramente y los nombres que me saltan de la carta toman formas, y colores, que me traen olores exóticos y exaltaciones románticas. Siento África, con su gran Golfo de Guinea protegiéndola por el norte de los falsos mitos que quieren bajar de Europa”.
Sin pretensión alguna y sin apenas conocimientos de navegación, el donostiarra Julio Villar se convirtió, en 1968, en el primer español en dar la vuelta al mundo a vela. Lo hizo a bordo de un diminuto barco de 23 pies (unos 7m), el Mistral, que todavía sigue a flote en Barcelona. Su libro ¡Eh Petrel!, es hoy una "biblia" para los navegantes.
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