Poner en entredicho el modelo capitalista de crecimiento ilimitado implica cuestionar también el paradigma del patriarcado como sistema social y moral que lo sustenta. Podemos analizar el funcionamiento del mercado, los mecanismos por los que el PIB sube, el endeudamiento de los bancos multinacionales, etc., y las repercusiones que estos procesos tienen en las vidas de las personas y en la destrucción del medio ambiente. Pero si no partimos de una crítica profunda y real a su sistema de valores y a la jerarquización social que genera, no estaremos abordando la raíz del problema.
El patriarcado, no olvidemos, preexiste al capitalismo y fue una innegable ayuda para que éste prosperara y se arraigara con fuerza. El ecofeminismo aboga por unir ciertos discursos feministas y ecologistas hacia un objetivo común: la sostenibilidad de la vida, que sólo es posible despojando a los seres humanos de todos los sistemas de opresión, sean estos externos o internos.
El pensamiento androcéntrico propio del patriarcado se caracteriza por dividir la realidad en pares dicotómicos, opuestos y jerarquizados. Cultura-Naturaleza, Hombre-Mujer, Razón-Emoción, Público-Privado, Trabajo productivo-Trabajo reproductivo, etc. La parte izquierda de estos pares corresponde a lo considerado tradicionalmente como masculino y la parte derecha se refiere al mundo simbólico de lo femenino. Esta ecuación también nos dice que lo masculino tiene más valor que lo femenino, minusvalorado e invisibilizado en nuestra sociedad Occidental. Como podemos imaginar, este pensamiento dicotómico es limitado y reduccionista, ignora que la realidad es mucho más compleja y enriquecedora.
Veamos la parte femenina: Naturaleza, Mujer, Emoción, Espacio Privado y Trabajo doméstico.
En estas equivalencias se dan dos procesos perversos: (1.) La equiparación de la naturaleza con las mujeres, despojándolas a éstas de su capacidad de raciocinio y pensamiento. Algunas autoras hablan de la ’naturalización de las mujeres’ y la ’feminización de la naturaleza [6], un proceso que considera tanto al ecosistema como a las mujeres como materia prima; y (2.) La colocación de los trabajos de cuidado y mantenimiento de la vida (ya sean éstos procesos ecosistémicos o humanos) en la parte inferior de la escala de valores.
En estas equivalencias se dan dos procesos perversos: (1.) La equiparación de la naturaleza con las mujeres, despojándolas a éstas de su capacidad de raciocinio y pensamiento. Algunas autoras hablan de la ’naturalización de las mujeres’ y la ’feminización de la naturaleza [6], un proceso que considera tanto al ecosistema como a las mujeres como materia prima; y (2.) La colocación de los trabajos de cuidado y mantenimiento de la vida (ya sean éstos procesos ecosistémicos o humanos) en la parte inferior de la escala de valores.
En este sentido, el patriarcado y el capitalismo se han apropiado de la naturaleza y del cuerpo de las mujeres, cosificándolos y utilizándolos para sus propios beneficios. En esta denuncia radica el discurso de todos los planteamientos ecofeministas.
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