...siempre me acuerdo del Sahara. Del Sahara Occidental, y de sus refugiados en los campamentos de Tindouf. Los visité ya hace más de cuatro años, en diciembre de 2005 (gracias María).
Lo recuerdo como una experiencia amarga, pero bonita. Amarga por la situación política de abandondono en la que se encuentran, amarga por conocer las caras y nombres de alguno de aquellos más de 170.000 refugiados. Que frios son los numeros, y las etiquetas. Padres como Mahmud, abuelas como Jatiyetu, madres y esposas como Fatimetu, niñas como Irham, y muchos otros de los que solo conocí sus sonrisas, sus pelos encrespados, su tez morena, sus caras asustadas o curiosas ante extraños.

Refugiados... Personas.
Personas que nos ofrecieron todo lo que tenían. Su amistad, su cariño, su casa que siempre estaba abierta a familiares y extraños, sus conversaciones, sus canciones, sus celebraciones, sus preocupaciones, su sensación de impotencia y desamparo, sus ganas de volver a la tierra de sus padres o a la que los vio nacer.
Con un gesto supremo de hospitalidad, esa que no se paga, nos hacían comer a nosotros primero para acabar ellos con lo que sobraba.
Fue una experiencia bonita, porque fueron diez o doce días de choque cultural y aprendizaje. Hacía tiempo que no me sorprendían tantas cosas;
la belleza del cielo estrellado en el desierto,
un paisaje cambiante, arido, duro, misterioso.
Fosiles, rosas del viento, roca y arena.
La sentía bajo mis pies descalzos.
Fría, helada, de noche y a primera de la hora de la mañana, cuando me levantaba a mear detrás de la casa. Ardiente bajo el sol de la tarde.
Ese sol con el que los saharauis, los hombres azules, se orientan a la luz del día, para navegar con sus rebaños de camellos o con sus jeeps destartalados por un desierto cambiante, sin referencias. Como hacen los marinos con las estrellas de noche.
Una noche de boda, unos chicos nos llevaban en land rover a la Haima de la celebración, fuera del campamento, adentrandonos en el desierto. Era increible la fiesta que llevaban en el coche, sin radio, sin música, y sin alcohol. Con la de copas que yo tengo que tomar para estar tan deshinibido y hacer tanto el chorra. Canciones, bailes (si, dentro del coche 8 personas bailando y cantando), risas y empujones. Marchabamos de noche y sin luces. Para evitar el control de salida del campamento del Frente Polisario. Probablemente el chico que conducía no tenía ni la edad ni el permiso para hacerlo. Yo me preguntaba como podían orientarse bajo la luz de la luna.
Cuando llegamos a la Haima, el novio, la novia, familiares y músicos en directo. Todo el mundo invitado a cous cous, carne de camello y arena del desierto.
Fué una gran fiesta:
Todos estos recuerdos, gracias a la limpieza (mental y física) de año nuevo. Encontré estos dibujos en una caja.

Mujeres saharauis en un congreso sobre discapacidad. Tindouf 2005.

Avión con bandera. De un niño Saharaui. Tindouf 2005
No se lo digais, pero descubrí que tiene su encanto vivir sin tantas cosas.
Sin contaminación, sin ruido, sin playstations, sin luces de navidad...
Gracias por aquel diciembre amargo. Os deseo que porfín los Tres Sabios os traigan un Sahara Libre.
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