Nunca he intentado explicar porqué lo hacemos. Lo que se siente cuando escalamos.
Preguntenselo a Jack, el lunes en la oficina tras un buen finde de escalada, tras una buena jornada en el club de la roca.
Esa sonrisa estúpida que se te queda durante toda la semana, lo que dice tu jefe atraviesa tu cerebro sin pararse, mientras tu sigues en esa fisura o bavaresa sin fin, en la otra dimensión, en el universo mágico. Las uñas llenas de magnesio, los músculos doloridos, una tira sucia de esparadrapo en uno de tus dedos y el dorso de las manos magullados. Sentir el leve escozor de los rasponazos de los empotres cuando le estrechas la mano a un cliente. Notar las cicatrices de caidas, y esa leve torcedura de tobillo del hostión que te metiste... todo sabe a gloria.
Este ha sido otro de esos findes con el Rock Club. Primero en Ordesa, un intento a la Brujas-francoespañola del Tozal del Mallo abortado por una tormenta de verano. Ya lo contaré cuando regrese a acabarla (esta si que es una de machos). Y luego un sitio de deportiva que no recuerdo el nombre... Me duele todo.

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